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Diario de un viaje – Seleki – Cuarta parada

Ir a Seleki es como ir a ese pueblo recóndito donde nunca han visto a un forastero. Primero te miran con desconfianza y, tras un rato de conversación te lo pasas en grande jugando con ellos.

Seleki es un pequeño pero bastante extenso pueblo en la Comunidad Rural de Enampor y a unos 25 Km. De Zinguinchor. Aunque para recorrer esos 25 Km. hace falta más de 1 hora por el estado de las carreteras. El poblado es de etnia Diola. Este grupo étnico conserva un espíritu fuertemente independiente, inspirado quizás por sus diferencias con sus vecinos. Su sociedad no está jerarquizada sino que es flexible y segmentada, y en su gran mayoría han rechazado el Islam, prefiriendo sus propias creencias tradicionales o el cristianismo.

El poblado se encuentra fuera de circuitos turísticos por lo que ayuda ir con un guía local para conocer en profundidad la cultura tradicional tan arraigada en estas tierras.

Nuestro campamento es una casa Impluvium, típica edificación Diola. Actualmente ya no quedan muchas casas con este tipo de edificaciones. En el interior de cada habitación hay fotografías de diferentes casas impluvium de la zona y de la construcción de esta casa, que ha sido financiada por una organización española que trabaja en proyectos solidarios en la zona.

Dejamos nuestras cosas, nos quedamos encerrados en nuestra tórrida habitación y tras muchos esfuerzos alguien acude en nuestra ayuda. Salimos con cara de vergüenza mientras nos explican que el calor dilata la madera y que veces se queda atrancada. A riesgo de se comidos por los mosquitos a noche, dejamos la puerta abierta y salimos a dar un paseo. Al principio la gente parece esquiva. Nos miran pero sólo saludan “Kah-sou-mai” a lo que nosotros respondemos con el consiguiente “Kah-sou-mai-kep”. Al rato, el responsable del campamento se nos une en la visita y nos muestra el interior de las casas de algunas familias que, generosos, nos muestran cómo viven. Poco a poco la gente se va soltando y van saliendo unos niños de aquí, otros de allá hasta que nos damos cuenta de que estamos rodeados de cientos de personas que quieren compartir el día con nosotros. Nos llevan a su árbol sagrado donde realizan sus rituales y donde celebran la llegada de sus jóvenes tras su iniciación en la madurez (algo que contaré en otro momento porque me alargaría demasiado)

Llegamos al campo de fútbol donde están jugando un partido de entrenamiento. Miras su calzado (zapatillas rotas, cangrejeras…) y te preguntas cómo pueden aguantar corriendo en esas circunstancias. El campo es un patatal pero ellos le ponen coraje, energía y una condición física que ni Ronaldo. El día resulta agotador con tanto calor así que volvemos al campamento y cenamos copiosamente antes de meternos en el horno para descansar.

written by disdis

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